viernes, 10 de febrero de 2017

magia divina



naturaleza invernal.bytino


34.magia divina



Como por arte de magia, aparece la nostalgia de un tiempo pasado en el que, tocar teclas era casi un arte musical. Olvidadas como reliquias en el baúl de los recuerdos, las máquinas de escribir se asemejaban a un instrumento sonoro en las manos, donde los dedos danzaban de tecla en tecla, casi bailando al son de su melodía. Hoy en día, la tecla táctil y digital ha conseguido aglutinar a ejércitos incontables de millones de dedos que se deslizan sobre ellas, suavemente, casi sin hacer ruido, como caricias melancólicas contemplando la pantalla, con sus inseparables emoticonos de risitas, corazones, guiños o lagrimitas, a un ritmo trepidante de envío, recibo, reenvío y vuelta a enviar, recibir y reenviar.
La magia de la cinta de tinta de doble color (negra y roja) se ha convertido en reliquia para coleccionistas del olvido. Ahora cualquier “chiquillo” lleva la oficina en su bolsillo y maneja las veintisiete letras, diez números y todo lo demás de la imprenta virtual, en un mini-teclado adosado a su máquina del tiempo, con tanta rapidez que las palabras se transforman en jeroglíficos, convertidos en inventos, para agudos talentos.
Se teclea y se teclea, en la burbuja personal, aislados del mundo banal; concentrados en el sonido de entrada, o en la tecla de salida. Y es que, con la pantalla hechicera en nuestras manos, nada existe alrededor que nos pueda arrebatar el cosquilleo que nos aísla en la isla del placer. Un placer que se diluye fuera de la nube inteligente, si nuestro interlocutor aparece de repente, caminando hacia nosotros, por la acera de enfrente, cuando acabábamos de enviarle un wasap que alucinas, y esperábamos ansiosos su respuesta alucinógena. En ese preciso momento, los dedos se paralizan, la lengua se apelmaza, el cerebro se atrofia, y las palabras enmudecen cuando desaparece de nuestros ojos, nuestra pantalla hechicera.
Sin teclado virtual, nada es normal; el mundo balbucea incoherencias sin sentido, y se siente perdido en el recuerdo desvanecido del golpeo a la cinta de tinta (negra y roja) con sus teclas danzarinas, escribiendo la música celestial de su… magia divina. 

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