sábado, 3 de diciembre de 2016

me callo



luz, olas y arena, al amanecer.bytino



27.me callo


Tropiezo, pero no caigo. Me tambaleo y a trompicones recobro mi estabilidad. Oigo y veo tantas cosas últimamente, que es imposible desenredarlas de mi sobrecargado circuito cerebral. ¿Será que me siento transportado a otra dimensión galáctica? Es imposible absorber tanta información basura. La decadencia dialéctica en las ondas o en la imprenta es tan evidente y patente, que el disco duro de octava generación que transporta mi cabeza, no consigue captar signos de vida inteligente en ese tipo de gente.
Exceso de palabras que suenan muy parecido al sonido que emiten un rebaño de cabras. Hablan sin descanso exhibiendo eufóricos sus razones sin discusión; pero discuten, discuten sin parar y todos creen tener la verdad incontestable en sus palabras. Cualquier cosa es útil para no callar. Bla, bla, bla, bla, bla...
Mis ojos reciben las imágenes y los tímpanos de mis oídos enloquecen con los sonidos distorsionados, de quienes razonan la sinrazón sosteniendo sus opiniones incesantes con sus lenguas y cuerdas vocales cantarinas, que llegan como bancos de sardinas a los confines del océano de mi cerebro. Es él quien ordena a mis pies caminar más deprisa para alejarme y buscar la suave brisa que aleje y haga callar las interminables voces que lo condenan al silencio y lo convierten en preso mudo de la ignorancia estruendosa.
Paz y sosiego. El que mucho habla, mucho se equivoca. El circuito de mi cerebro convertido en crítico insonoro de sus deseos: ¿Cuándo comenzó a transformarse la palabra en la soga del verdugo que ahoga la inteligencia? ¿Fue la imprenta? ¿Fue la radio? ¿Fue el teléfono? ¿Fue la tele? Fuese lo que fuese es una carcoma destructora que no cesa. Nada detendrá la tempestad de palabras que salen huracanadas de cientos de millones de gargantas que, como ejército de hormigas convertido en marabunta, arrasa todo a su paso, sin piedad ni compasión alguna, a los ruegos y preguntas de quienes reclaman un segundo de silencio.
—¡Dígame!
—¡Hola de nuevo!
—¡Ah, eres tú otra vez!
—Sí, soy yo. ¿Cómo te fue ayer?
—Pues...
—Aquí está diluviando. ¿Qué tal el tiempo por ahí?...
Los minutos pasan sumando y sumando, inexistentes, con el teléfono móvil pegado a la oreja, hablando sin parar: del tiempo, de política, de la familia, del trabajo, de los amigos, de los vecinos, de chicas, de chicos, de estudios, de fútbol... cualquier tema es válido. No importa. ¡Habla!. La factura de este mes será de incrédula ruina escandalosa para unos, y de voluminoso aumento desorbitado de facturación para otros.
La tempestad de palabras viajeras por las ondas, impersonales y de pago, sigue su curso imparable en todas las formas, idiomas y rincones del planeta. El volumen de información sin ton ni son crece y crece y... crece. Los circuitos de mi cerebro mudo, echan humo, y las raíces de mi pelo se queman bajo el cuero cabelludo... “Mejor me raparé al cero”. “Un puñado de pelos chamuscados no queda nada estético”.
Me convierto en silencio y... me callo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario