luz, olas y arena, al amanecer.bytino
27.me callo
Tropiezo,
pero no caigo. Me tambaleo y a trompicones recobro mi estabilidad. Oigo y veo
tantas cosas últimamente, que es imposible desenredarlas de mi sobrecargado
circuito cerebral. ¿Será que me siento transportado a otra dimensión galáctica?
Es imposible absorber tanta información basura. La decadencia dialéctica en las
ondas o en la imprenta es tan evidente y patente, que el disco duro de octava
generación que transporta mi cabeza, no consigue captar signos de vida
inteligente en ese tipo de gente.
Exceso de
palabras que suenan muy parecido al sonido que emiten un rebaño de cabras.
Hablan sin descanso exhibiendo eufóricos sus razones sin discusión; pero
discuten, discuten sin parar y todos creen tener la verdad incontestable en sus
palabras. Cualquier cosa es útil para no callar. Bla, bla, bla, bla, bla...
Mis ojos
reciben las imágenes y los tímpanos de mis oídos enloquecen con los sonidos
distorsionados, de quienes razonan la sinrazón sosteniendo sus opiniones
incesantes con sus lenguas y cuerdas vocales cantarinas, que llegan como bancos
de sardinas a los confines del océano de mi cerebro. Es él quien ordena a mis
pies caminar más deprisa para alejarme y buscar la suave brisa que aleje y haga
callar las interminables voces que lo condenan al silencio y lo convierten en preso
mudo de la ignorancia estruendosa.
Paz y
sosiego. El que mucho habla, mucho se equivoca. El circuito de mi cerebro
convertido en crítico insonoro de sus deseos: ¿Cuándo comenzó a transformarse
la palabra en la soga del verdugo que ahoga la inteligencia? ¿Fue la imprenta?
¿Fue la radio? ¿Fue el teléfono? ¿Fue la tele? Fuese lo que fuese es una
carcoma destructora que no cesa. Nada detendrá la tempestad de palabras que salen
huracanadas de cientos de millones de gargantas que, como ejército de hormigas
convertido en marabunta, arrasa todo a su paso, sin piedad ni compasión alguna,
a los ruegos y preguntas de quienes reclaman un segundo de silencio.
—¡Dígame!
—¡Hola de
nuevo!
—¡Ah, eres
tú otra vez!
—Sí, soy yo.
¿Cómo te fue ayer?
—Pues...
—Aquí está
diluviando. ¿Qué tal el tiempo por ahí?...
Los minutos
pasan sumando y sumando, inexistentes, con el teléfono móvil pegado a la oreja,
hablando sin parar: del tiempo, de política, de la familia, del trabajo, de los
amigos, de los vecinos, de chicas, de chicos, de estudios, de fútbol...
cualquier tema es válido. No importa. ¡Habla!. La factura de este mes será de
incrédula ruina escandalosa para unos, y de voluminoso aumento desorbitado de
facturación para otros.
La tempestad
de palabras viajeras por las ondas, impersonales y de pago, sigue su curso
imparable en todas las formas, idiomas y rincones del planeta. El volumen de
información sin ton ni son crece y crece y... crece. Los circuitos de mi
cerebro mudo, echan humo, y las raíces de mi pelo se queman bajo el cuero
cabelludo... “Mejor me raparé al cero”. “Un puñado de pelos chamuscados no
queda nada estético”.
Me convierto en silencio y... me callo.
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