camino de luz.bytino
20. es probable
Si
consiguiéramos convencer al viento de que fuera siempre brisa. Al sol de que
sus poderosos rayos no quemaran los desiertos. A nosotros mismos de aplacar
nuestros deseos y nuestras ansias para hacer que el planeta fuera siempre un
remanso de paz, ¿sería este un lugar más agradable? Quizás. Es probable.
Todos alguna
vez hemos pensado en cómo hacer que la vida fuera un poco más alegre y
llevadera, cambiando cosas, de esas de las que a alguien de nuestra propia
especie se le ocurrió hacer, para que fuesen más bien enrevesadas, equivocadas,
para complicarlo todo un poquito más. Yo pienso (sí, a veces pienso), que eso
debería de ser así, pero el de al lado, opina lo contrario y ¡no digamos los
demás! Con lo cual, alcanzar una misma conclusión es como querer ganar una
maratón corriendo a la pata coja. Hay tal disparidad de opiniones en las
decisiones que se termina claudicando y haciendo lo de siempre, "borrón y
cuenta nueva".
Decidir en
una reunión de comunidad de vecinos (que en muchos casos, somos cuatro gatos
maullando), quien se ocupa de cambiar una bombilla que se ha fundido, puede
ser, en medio de un gallinero, una tarea imposible. Se empieza hablando de la
bombilla y se termina poniendo verde al de arriba porque no para de tirar cosas
al de abajo, del ruido al arrastrar las sillas, del volumen tan alto de la
tele, de que la lavadora no se debe poner a las once de la noche, ni taladrar
las paredes a las doce o montarse una "fiestecita" en el piso de
madrugada.
—¿Y las
colillas?, ¿quién tira las colillas en la escalera?
—¿Pero tú de que hablas, si debes dos recibos a la comunidad? No tienes derecho a quejarte de nada.
—¿Pero tú de que hablas, si debes dos recibos a la comunidad? No tienes derecho a quejarte de nada.
Al final la
bombilla se ha olvidado y seguirá fundida hasta la próxima reunión y el vecino
de arriba, seguirá jugando a las canicas con su hijo hasta las tantas, mientras
su mujer practica el “zapateáo” porque se acerca la Feria de Abril; para
alegría del vecino de abajo que se come las uñas desquiciado de los nervios.
La función
comunitaria nunca acaba. Nos encantan los "tejemanejes", que quiere
decir algo así como "yo tejo, tu manejas y él jode todo lo que nosotros
nos traíamos entre manos". Es algo complicado de descifrar, pero
autentico, como la vida misma.
En cierto
ocasión (y sin venir a cuento), me topé con un "casi amigo" y el muy
listillo, por aquello de la amistad, no dudó ni un segundo en pedirme una
cantidad de "pasta" por, según él, encontrarse en un serio aprieto.
—¿Se puede
saber de qué se trata? —le pregunté.
—Verás, es
algo delicado —me contestó.
—¿Y bien…? —dije
yo, esperando saber más.
—Bueno, no sé
cómo decírtelo. Es que... tengo... tengo una querida.
—¿Una
querida?, —le respondí asombrado, como si no lo hubiera oído perfectamente.
—Pues sí. El
problema es que me he excedido en los regalos y las "atenciones" y
tuve que solicitar un préstamo al banco. Además, a ella le avalé en otro que
pidió para la compra de un coche. El caso es que me quedé sin trabajo y no
puedo hacer frente a mi préstamo y ella tampoco al suyo, por lo que me van a exigir
el aval y me voy a encontrar con dos préstamos sin poder responder a ninguno de
ellos.
—¡Joder
amigo! ¿Y de que te van a servir los mil euros que me pides?
—De mucho, te
lo aseguro. Mi mujer se ha enterado de todo y me ha puesto de
"patitas" en la calle. La querida no deja de exigirme atenciones y
aportaciones. Como podrás comprender, mi única salida, es "salir
volando". Subirme a un avión y perderme en "la conchinchina".
Pero, prometo devolvértelos. Te haré una transferencia, te los enviaré desde donde esté; en cuanto
empiece a salir a flote, claro.
El caso es
que, nunca volví a ver a ninguno de los dos. Ni a él, ni a los mil euros. Pero
aprendí algo de mucho más valor que el dinero que voló... aprendí, a no mear
nunca fuera de tiesto. Y si por casualidad se me ocurriera, lo haría en uno que fuera "baratito"
y "sin avales". Pero pensándolo bien, mejor ni en broma, por si acaso
le cojo el gustillo.
Deberíamos conseguir convencer al viento de que
siempre fuera brisa. A nosotros mismos de aplacar nuestros deseos y nuestras
ansias. ¿Sería éste un lugar más agradable? Quizás… es probable.
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