viernes, 4 de noviembre de 2016

inexorablemente



escenario de verano. by tino


7. inexorablemente



El tiempo pasa inexorablemente. Me gusta esa palabra “inexorablemente”, nada ni nadie, puede evitar que suceda. Es una palabra incontestable; cuando se pronuncia, las demás palabras carecen de importancia. Cualquier “ente” ante ella, se siente insignificante. Da igual la palabra que sea: inteligente, francamente, brillantemente, demente, casualmente, jodidamente, estúpidamente, alegremente, visualmente. Cualquiera, menos la chica de enfrente… Inexplicablemente, existe un motivo por el que, de vez en cuando, me viene a la mente, la chica de enfrente. No puedo evitarlo. La imagino tal como la veo en ocasiones, tomando el sol con su bañador de flores, tumbada en su hamaca de rayas rojas, verdes, blancas y azules  en su terraza que está justo en el edificio de enfrente, dos pisos por debajo del mío; de ahí lo de la chica de enfrente por la que suspiro desesperadamente.                                               
Ni intentándolo machaconamente, podría evitar sentirme emocionalmente emocionado, cuando se tumba de lado, tomando el sol con los ojos cerrados, o de espaldas, marcando elegantemente, glúteos golosos con su culito respingón, en busca de la caricia del sol, que no dejará ni un solo rinconcito de su piel con el dorado perfecto que luce en todo momento. La contemplo asombrosamente brillante, excitante, palpitante, babeante; sí, está como para babear de placer y derretirse inevitablemente, imaginándola entre mis brazos, con el corazón locamente enamorado, ardientemente lanzado y odiosamente desolado al comprender que solo es una imaginación mía del cuerpo del deseo que más deseo y que, posiblemente, nunca rozaré con mis manos y, mucho menos, sentiré en mi piel fogosamente, abrasadoramente acalorada, cada vez que la veo perfecta y dorada en su hamaca de rayas con su bañador de flores disfrutando de la caricia del sol al que envidio por ser el único que puede acariciar suavemente, dulcemente, ardientemente, su piel de terciopelo. Ella se deja manosear por la tibieza de los rayos de sol que, delicadamente, ante mis ojos, la convierten en la diosa dorada de la terraza de enfrente.

     Y así, lentamente, pasa el tiempo. Un día tras otro, una noche tras otra, una tarde después de otra. Y son esas tardes (cuando no llueve o está nublado), las que anhelo que lleguen desesperadamente, porque entonces, luce un sol radiante, y allí está ella, la chica de enfrente, ante mis ojos que la miran disimuladamente sin perder detalle de lo tremendamente hermoso de un cuerpo que lo tiene todo; desiertos, montañas, bosques, lagos y valles. Y entonces, sueño con encontrarnos y cruzar nuestras miradas en la calle y que, al día siguiente, haya dos hamacas en la terraza de enfrente, dos labios que se besan apasionadamente, dos cuerpos unidos y ardientes, y dos corazones latiendo en llamaradas… inexorablemente. 

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