ria de vida y belleza.bytino
25.me río a carcajadas
Hoy me toca
reír y me reiré a carcajadas.
A diario
viajo en el metro, que es como viajar en el teatro de la vida, y veo tantas
obras representadas a la vez que no sé a cuál de ellas prestar mayor atención: a la de aquel que grita a los cuatro vientos (es un decir, porque en el metro
solo hay dos aires, el caliente o el frío, no hay elección, o te achicharras o
te congelas), pidiendo en un mar de penas, una ayudita para su vida maltratada
y la de sus cuatro hijos y su mujer, que esperan hambrientos su vuelta a casa
con, al menos, una botella de leche y una barra de pan en la mano que sirva
para engañar a sus estómagos vacíos, mientras rezan por que el banco tenga una
brizna de piedad y no cumpla la amenaza del desahucio que les deje de patitas en
la calle y los convierta en indigentes.
Luego está
la de aquel otro, que acapara la atención de aquellos a los que, por desgracia,
les tocó ponerse a su lado agarrados a la barra y sin poder escapar por ningún
lado, porque el metro a esa hora punta, va de bote en bote y no les queda más
remedio que aguantar la respiración hasta el límite de sus fuerzas. Por la
cabeza de todos pasan mil cosas, pero la primera de todas es: "¡Será
cerdo!, seguro que hace más de un mes que no se lava" o, "ahora me
imagino lo que debe sufrir un condenado a muerte en la cámara de gas".
Pero ese personaje carece de olfato y lo que él piensa es muy distinto:
"¡Joder!, hoy creo que me he levantado con el guapo subido, todo el mundo
me mira. ¡Qué éxito!".
En el gran
elenco de actores, también están esas chicas, señoritas y señoras coquetas.
Miran de reojo hacia todas partes escudriñando al género masculino: "Aquél
me ha mirado. ¿Tendré el rímel corrido? No, no lo creo, he tenido mucho cuidado
al maquillarme esta mañana. Seguro que le he gustado. La verdad es que el tío
no está nada mal. ¿Será casado o soltero? Lleva un libro en la mano, seguro que
es educado y amable. Me encantan los hombres intelectuales y cariñosos. No me
importaría ligar en el metro con alguien así".
Se pueden
ver desfilar a tu lado diferentes tipos de tribus: La de los ejecutivos venidos
a menos, rendidos al transporte público; esos que dejan aparcado su BMW para
ahorrar combustible y dar ejemplo (no sé a quién). Impecables en sus formas de
vestir, trajeados, recién duchados, repeinados y envueltos en aroma de jardín.
Y esa otra, la tribu de los "sin normas", sin un céntimo en el
bolsillo, sin neuronas y sin ilusiones conocidas por carecer de masa cerebral
aparente bajo su cráneo; apestan tan mal como el agarrado a la barra. Utilizan
su piel como lienzos y se llenan de agujeros nariz, orejas, labios, lengua,
cejas y lo que no se ve, para lucir arandelas y pendientes; rapados al cero o
con greñas aceitosas que no han visto un peine ni en fotografía. Visten de una
forma abstracta, porque ellos mismos son seres raros sin definición posible. Miran
a todos los demás por encima del hombro como diciéndoles: "Sois unas
antiguallas vulgares y oléis a rancio". Les encanta grabar su personal y
orgullosa cultura, haciendo garabatos en los cristales del metro con la punta
de su navaja; ellos le llaman a eso "huella inteligente", a esas
ganas de hacer mal, yo lo definiría como “analfabetismo sin precedentes”. No
cabe duda, pasarán a la historia más con pena que con gloria, gracias a su
incalificable inteligencia de algo amorfo sin calificativo conocido hasta el
momento, sin alma y, sin una brizna de masa cerebral.
¿Y los
ancianos? ¡Pobrecillos! Carentes de energía, buscan con la mirada un alma
caritativa que les ceda el asiento pensando: "Qué tiempos aquellos cuando
las personas eran personas, ahora solo hay gentuza en el mundo. ¡Mira esa
pareja de jovencitos!, ahí sentados tan descansaditos, con los auriculares
pegados a los oídos escuchando música; o esa chica que no para de reír y hablar
por el móvil. Nadie repara en nosotros; en que nuestras piernas y nuestras
fuerzas ya no están para aguantar ni dos minutos de pie. ¡Si nuestros padres
levantaran la cabeza! ¡Qué vergüenza de juventud!".
La megafonía
no tiene desperdicio: "¡Mantengan sus pertenencias bien agarradas y no las
pierdan de vista en ningún momento si no quieren salir del metro desplumados y
sin ellas! ¡Este lugar es un nido de mangantes! Luego no digan que no les hemos
avisado", o algo así.
En el
cristal de enfrente me veo a mí mismo y me pregunto, qué papel represento yo en
esas obras de teatro metropolitanas. Miro a la cara de cualquiera y no tardo en
encontrar la respuesta: "Soy uno más de esta tribu; la que repite función
dos veces al día. Una de ida y otra de vuelta. Veo pasar la vida de parada en
parada y me divierto, como cualquier otro, observando a los demás. Ellos me
miran a mí y juzgan mis miserias como yo juzgo las suyas. No soy más, ni menos,
que cualquiera de esos que desgastan gran parte de su preciosa vida unos metros
bajo tierra, escuchando las voces grabadas que anuncian la parada del tiempo
recorrido, bajo las luces y las sombras del teatro de la vida en el suburbano".
Me río de mí mismo, y… me río a carcajadas.
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