miércoles, 30 de noviembre de 2016

me rio a carcajadas



ria de vida y belleza.bytino


25.me río a carcajadas


Hoy me toca reír y me reiré a carcajadas.
A diario viajo en el metro, que es como viajar en el teatro de la vida, y veo tantas obras representadas a la vez que no sé a cuál de ellas prestar mayor atención: a la de aquel que grita a los cuatro vientos (es un decir, porque en el metro solo hay dos aires, el caliente o el frío, no hay elección, o te achicharras o te congelas), pidiendo en un mar de penas, una ayudita para su vida maltratada y la de sus cuatro hijos y su mujer, que esperan hambrientos su vuelta a casa con, al menos, una botella de leche y una barra de pan en la mano que sirva para engañar a sus estómagos vacíos, mientras rezan por que el banco tenga una brizna de piedad y no cumpla la amenaza del desahucio que les deje de patitas en la calle y los convierta en indigentes.
Luego está la de aquel otro, que acapara la atención de aquellos a los que, por desgracia, les tocó ponerse a su lado agarrados a la barra y sin poder escapar por ningún lado, porque el metro a esa hora punta, va de bote en bote y no les queda más remedio que aguantar la respiración hasta el límite de sus fuerzas. Por la cabeza de todos pasan mil cosas, pero la primera de todas es: "¡Será cerdo!, seguro que hace más de un mes que no se lava" o, "ahora me imagino lo que debe sufrir un condenado a muerte en la cámara de gas". Pero ese personaje carece de olfato y lo que él piensa es muy distinto: "¡Joder!, hoy creo que me he levantado con el guapo subido, todo el mundo me mira. ¡Qué éxito!".
En el gran elenco de actores, también están esas chicas, señoritas y señoras coquetas. Miran de reojo hacia todas partes escudriñando al género masculino: "Aquél me ha mirado. ¿Tendré el rímel corrido? No, no lo creo, he tenido mucho cuidado al maquillarme esta mañana. Seguro que le he gustado. La verdad es que el tío no está nada mal. ¿Será casado o soltero? Lleva un libro en la mano, seguro que es educado y amable. Me encantan los hombres intelectuales y cariñosos. No me importaría ligar en el metro con alguien así".
Se pueden ver desfilar a tu lado diferentes tipos de tribus: La de los ejecutivos venidos a menos, rendidos al transporte público; esos que dejan aparcado su BMW para ahorrar combustible y dar ejemplo (no sé a quién). Impecables en sus formas de vestir, trajeados, recién duchados, repeinados y envueltos en aroma de jardín. Y esa otra, la tribu de los "sin normas", sin un céntimo en el bolsillo, sin neuronas y sin ilusiones conocidas por carecer de masa cerebral aparente bajo su cráneo; apestan tan mal como el agarrado a la barra. Utilizan su piel como lienzos y se llenan de agujeros nariz, orejas, labios, lengua, cejas y lo que no se ve, para lucir arandelas y pendientes; rapados al cero o con greñas aceitosas que no han visto un peine ni en fotografía. Visten de una forma abstracta, porque ellos mismos son seres raros sin definición posible. Miran a todos los demás por encima del hombro como diciéndoles: "Sois unas antiguallas vulgares y oléis a rancio". Les encanta grabar su personal y orgullosa cultura, haciendo garabatos en los cristales del metro con la punta de su navaja; ellos le llaman a eso "huella inteligente", a esas ganas de hacer mal, yo lo definiría como “analfabetismo sin precedentes”. No cabe duda, pasarán a la historia más con pena que con gloria, gracias a su incalificable inteligencia de algo amorfo sin calificativo conocido hasta el momento, sin alma y, sin una brizna de masa cerebral.
¿Y los ancianos? ¡Pobrecillos! Carentes de energía, buscan con la mirada un alma caritativa que les ceda el asiento pensando: "Qué tiempos aquellos cuando las personas eran personas, ahora solo hay gentuza en el mundo. ¡Mira esa pareja de jovencitos!, ahí sentados tan descansaditos, con los auriculares pegados a los oídos escuchando música; o esa chica que no para de reír y hablar por el móvil. Nadie repara en nosotros; en que nuestras piernas y nuestras fuerzas ya no están para aguantar ni dos minutos de pie. ¡Si nuestros padres levantaran la cabeza! ¡Qué vergüenza de juventud!".
La megafonía no tiene desperdicio: "¡Mantengan sus pertenencias bien agarradas y no las pierdan de vista en ningún momento si no quieren salir del metro desplumados y sin ellas! ¡Este lugar es un nido de mangantes! Luego no digan que no les hemos avisado", o algo así.
En el cristal de enfrente me veo a mí mismo y me pregunto, qué papel represento yo en esas obras de teatro metropolitanas. Miro a la cara de cualquiera y no tardo en encontrar la respuesta: "Soy uno más de esta tribu; la que repite función dos veces al día. Una de ida y otra de vuelta. Veo pasar la vida de parada en parada y me divierto, como cualquier otro, observando a los demás. Ellos me miran a mí y juzgan mis miserias como yo juzgo las suyas. No soy más, ni menos, que cualquiera de esos que desgastan gran parte de su preciosa vida unos metros bajo tierra, escuchando las voces grabadas que anuncian la parada del tiempo recorrido, bajo las luces y las sombras del teatro de la vida en el suburbano".
Me río de mí mismo, y… me río a carcajadas.

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